Cuando la Iglesia ya no fue hogar
Primera Parte
"Un fuego que no se apaga".
Vengo de una familia muy católica, soy el segundo de tres hermanos, de padres Catecúmenos y de una madre soltera que siempre luchó por nosotros, independiente desde muy joven y a quien siempre llevaban a Misa los domingos a las 6:30 de la tarde. Bautizado el 20 de noviembre del 2004 en la ciudad de Tegucigalpa, capital de Honduras a la edad de 3 años.
A los 10 años, durante una Eucaristía miraba a los monaguillos servir en el altar, un año después de mi primera comunión. El deseo fue inmediato, "yo quiero servir como monaguillo". Desde esa edad servía en los medios de comunicación de mi diócesis en "Radio Católica La Voz del Pueblo" narrando muy alegre la historia de Caín y Abel que tanto me gustaba. Recuerdo andar de escurridizo en la Pastoral Juvenil acompañando a una de mis primas, lugar al que no pertenecía por mi edad.
Fueron 9 años como monaguillo, en mi preadolescencia intenté entrar al proceso de discernimiento vocacional, deseaba estar unido a Jesús. Mi párroco de entonces, no me dio seguimiento necesario y solo llegamos hasta el tercer tema de formación y quedé a la deriva. Mi parroquia San Juan Bautista es una parroquia un poco aislada, las otras parroquias más cercanas en su momento quedaba a poco más de una hora de distancia y para un joven de 15 años le era difícil la movilización.
Entré al colegio formándome como técnico en informática en el Instituto San Juan Bautista, mismo que mi madre había fundado en 2010 junto con amigos y hermanos de Iglesia, mismo instituto donde laboré en 2025, conociendo a 27 jovencitos a los que ahora llamo "hijos" y a quienes acompaño personalmente hasta el día de hoy. Me gradúo en 2018, mientras servía en pastoral juvenil; cantando en Adoraciones Eucarísticas, actuando en los viacrucis de Semana Santa y siempre a disposición de mi parroquia. En 2019 salgo hacia la capital para estudiar, con 17 años de edad. Encontrarse en una ciudad desconocida, en una residencial no conocida, con personas que desconocía era muy duro y un golpe de realidad pues me adentraba a la vida de un adulto.
En mis tiempos de colegio me encantaba grabarme haciendo monólogos y subirlos a YouTube, disfrutaba todo el proceso creativo del guionaje, montaje, producción y postproducción. Me reconocieron en la capital y es así como llegue a trabajar en la productora centroamericana "Technos Media" quienes solo llevaban meses de lanzamiento; fuí programador, editor, director y hasta actor. Fue allí donde abri paso a mi independencia y a buscar ayudar a mi madre económicamente.
En tierras ajenas y con un trabajo estable, busque el hogar que hasta el momento había tenido, la Iglesia. Conocí a un grupo hermoso de hermanos foráneos de Pastoral Juvenil, el estudio y el trabajo nos había llevado hasta ahí. Era la comunidad "San Juan Pablo II" me enamoré de mi Santo, su vida, su papado, todo. A partir de ahí se encendía un fuego que nada podia apagarlo, al menos era lo que pensaba. Como disfrutaba de los Caná, espacio dedicado a María, rezábamos el rosario semana de por medio en el apartamento de cualquiera de nosotros. Tambien disfrutaba muchísimo de los Jetsemaní, espacios dedicados al Espiritu Santo, donde adorábamos y alabábamos por horas. Llegábamos a las 9 de la noche al templo para adorar a Jesus Sacramentado, no importaba lo que estuviéramos haciendo, ni la hora, ni los peligros de las calles; llegábamos en pijamas, otros con tinta o carbon en las manos por las tareas universitarias, otros con uniformes de trabajos, pero ahi estábamos todos los martes a las nueve de la noche, descalzos y arrodillados ante Jesus Eucaristía.
Al siguiente año llega la pandemia y tocó volver al pueblo, y una gran pregunta resonaba en mi cabeza y en mi corazón, ¿Que tienen los jóvenes de mi parroquia San Pablo de la Cruz en Tegucigalpa que en mi pueblo no? Y traté de darle respuesta con acción, invite a mis amigos a formar un grupo, la comunidad San Juan Bosco; nos reuníamos, salíamos y Adorábamos a Jesus Sacramentado. Llegué a un Consejo Parroquial, ni quisiera sabía que era eso, pero tenía un horizonte que debía seguir. Me convertí en Coordinador Parroquial de Pastoral Juvenil y logramos censar a más de cien jóvenes con su comunidad activa, cuando muy pocas personas, agentes de pastoral, no querían apoyar a los jóvenes. A los pocos meses me invitan a una reunion diocesana de dimensión profética y me nombran Coordinador Diocesano.
Fueron tiempos inolvidables, llenos de servicio, amo y entrega a Dios y a la Iglesia.
Para finales del 2022, una oportunidad laboral me regresa hacia la capital y me reintegro a mi comunidad juvenil y mi comunidad neocatecumenal. Estando ahí, me entero de algunas injusticias y abusos por líderes de la Iglesia en mi diócesis, coincidiendo con el cambio del obispo. La indignación e impotencia me impulsa a hacer las denuncias ante el nuevo obispo de mi diócesis natal, que como respuesta positiva, se crea un espacio de escucha para solucionar, denunciar y acompañar a todas las víctimas y hermanos que necesitaran una ayuda o simplemente ser escuchados.
Ese mismo año, tomo la decisión de emprender un noviazgo que encamine hacia el matrimonio y me regreso a mi pueblo, enmedio de muchos problemas con esta persona y en un acto último de amor impulsivo, decidimos vivir juntos.
Hasta aquí la primera parte, puedes seguirme en mis redes sociales y/o comentar este blog en la parte de abajo.






Comentarios
Publicar un comentario