Cuando la Iglesia ya no fue hogar.
Segunda Parte
"La noche oscura"
Desde muy pequeño, y con algunos traumas engendrados por mi padre —quien me decía, a la edad de 10 años, que “cualquier mujer que se me abriera, vénganos tu reino”, refiriéndose y alentándome a una vida sexual desenfrenada— y con abusos carnales por parte de una mujer desde mis 6 años, tomé la decisión más importante de mi vida: nunca ser como él.
A los 12 años conocí la masturbación y la pornografía. Generé mucha adicción en su momento, pero siempre me aseguré de luchar contra ello con mucha oración, rezos y obras de caridad.
A los 15 años tuve mi primera novia, quien me ayudó a forjar mi identidad como varón y por la cual no dudé en hablar con sus padres para que nos dieran permiso. Duramos casi seis años en el noviazgo; éramos unos niños.
Algunas creencias dicen que el primer noviazgo es el que te enseña a amar, el segundo a ser amado y el tercero “es la vencida”, el ideal. Mi ideal siempre fue: “Si tengo novia es porque quiero esposa”.
Con ella íbamos juntos a la Iglesia, salíamos con las familias e incluso servíamos juntos en Pastoral Juvenil.
Al ser un noviazgo prematuro y poco maduro, las cosas no funcionaron y decidimos tomar caminos distintos.
Aún estando en Trujillo, por medio de un mensaje de Instagram conocí a mi segunda novia, a los 20 años. La conocí sirviendo en la Iglesia; ella estaba viviendo una experiencia vocacional en una congregación de hermanas religiosas y llevaba ya cuatro años dentro.
Yo organizaba la Jornada Diocesana de la Juventud en mi diócesis y quería traer varias congregaciones de distintas partes del país para darlas a conocer a más de mil doscientos jóvenes que asistirían al evento.
Días antes de la Jornada tomé la decisión de regresar a Tegucigalpa por una oportunidad laboral. La conocí en persona, conocí a sus hermanas de comunidad y me invitaron a participar en su congregación como Laico Comprometido, con promesas anuales a Dios y a la Iglesia. Me encantaba saber que había hecho promesas para vivir en castidad, obediencia y pobreza; eso me emocionaba y apasionaba profundamente.
Con el tiempo, ella decidió retirarse de la congregación y me confesó que siempre le atraje. Decidí darle espacio, pues recién salía de una experiencia larga y muy fuerte; el cambio sería brutal, su respuesta fue negativa y, al ser una atracción recíproca, decidí emprender un noviazgo a distancia.
Soñaba con una relación cristocéntrica y mariana, y al inicio así fue. Rezábamos y orábamos juntos, veíamos películas de mis santos favoritos. Era una relación sacrificada, pues si quería verla tenía que atravesar el país entero y buscar las mejores rutas de viaje en un solo fin de semana.
Al año, la distancia hizo de las suyas. Con mis ahorros y un amigo decidimos emprender, y así regresé al pueblo. Estaba a un par de horas de distancia de ella, lo que facilitaba visitarla, solo para darme cuenta de algunas infidelidades en mi ausencia. Fue como un balde de agua fría encontrarme con el otro hombre, quien incluso intentó atropellarnos en una ocasión.
Entre confesiones y disputas, en un acto impulsivo me dijo que quería salir de la casa de sus padres y venir a vivir conmigo, y acepté. Hoy comprendo que quizá no fue la mejor decisión; habla de alguien que ama mucho, pero que también teme perder, al rechazo y al fracaso.
Vivir junto a una mujer sin ser matrimonio implicaba renunciar a mi amor eterno, renunciar a Aquel por quien mi corazón ardía y a quien servía desde mi niñez. Dolía ver cómo ese pedacito de pan, el Cuerpo de Cristo, pasaba frente a mí sin poder recibirlo.
Al abortar la misión de entrar al seminario, decidí enfocarme seriamente en lo que ahora sería mi hogar. Si formaba un hogar, debía encaminarlo al matrimonio. Siempre decía que el regalo que le daría a mi futura esposa, en el altar y frente a Jesús Sacramentado, sería mi virginidad. Decirle: “Te amo tanto que mi regalo de bodas es haberme guardado únicamente para ti”.
Lamentablemente no lo cumplí. Tuve mi primera experiencia genital a los 21 años, ya independiente, viviendo solo, con la promesa de que sería mi esposa.
Fueron dos años de altas y bajas, con infidelidades, disgustos e inseguridades. La propuesta de matrimonio fue desagradable: ella no quería y yo forzaba las cosas. Lo nuestro ya tambaleaba.
Poco a poco me aparté de la Iglesia, anestesiado, viviendo en automático. Aquel joven alegre y caritativo, “el muchacho de gorra que ayuda a la gente”, como me conocían, se desvanecía. Las personas que buscaban ayuda en casa de mi madre eran rechazadas por ella, y eso me dolía profundamente.
La entrada al desierto
A inicios del año pasado entablé amistad con una conocida de la Iglesia, muy piadosa y dedicada. Había asistido a su boda como fotógrafo; en ese entonces era la esposa del director del Instituto fundado por mi madre, y donde yo trabajaba.
Servíamos juntos en el coro, asistíamos a adoraciones eucarísticas y compartíamos con otros miembros. Para alguien con pocos amigos como yo, era una amistad valiosa. La confianza nos llevó a compartir problemas maritales y a servirnos de apoyo mutuo.
Los celos con mi pareja no tardaron en aparecer y todo se complicó. Pedí tiempo para posponer la boda; faltaba solo un mes, los gastos eran altos y no contábamos con el dinero. Sumado a los problemas, inseguridades y confesiones donde ella me decía que me había usado para salir de su situación, decidí volver a casa de mi madre por unas semanas.
Al mismo tiempo sufría tentaciones y ataques espirituales y físicos del demonio. Suena poco realista, pero han sido recurrentes a lo largo de mi vida. Se sumaba además una historia generacional donde se decía que mi padre me había entregado a una secta. Fueron tiempos terribles.
Todo empeoró cuando un domingo, al salir de la Santa Eucaristía, el director del Instituto me citó junto con mi amiga y sus padres para desenmascarar algo inexistente. Aseguraba que éramos pareja. Aclaramos la situación, pero su postura egocéntrica y narcisista no cedió.
Esa misma madrugada comenzaron mensajes intentando “sacarme la verdad”. Siguieron meses de persecución laboral y social.
Al volver a mi casa encontré a mi pareja con quien era mi mejor amigo, sacando sus cosas. No dije nada. Tomé unos cables de trabajo y me fui. Ahí comprendí quiénes habían creado todo.
El rumor se esparció por el pueblo. El director pedía a mis vecinos que me vigilaran, me seguía en su vehículo y hablaba de mí con alumnos y compañeros de trabajo, no existía la etica. Padres de familia me advertían y me pedían que abandonara el Instituto por mi bien.
Crecí en una familia de abogados; conozco la ley y no dudé en usarla. Lo cité ante un juez con pruebas: conversaciones, audios y mensajes donde se evidenciaban mentiras y difamaciones, todo para limpiar mi nombre. Llegamos a acuerdos que él nunca cumplió y hasta la fecha que escribo esto, sigue difamandome y buscando problemas.
En medio de la tormenta busqué refugio en mi Iglesia. Tras más de un año sin confesarme ni comulgar, regresé como el hijo pródigo. El párroco me permitió confesarme y comulgar en privado para evitar comentarios. Obedecí, como lo prometí a Dios alguna vez.
Mi amiga y yo nos acompañabamos mutuamente en la confesión y la adoración; fuimos apoyo el uno para el otro.
Cuando creí que había pasado un tiempo prudente, el 7 de septiembre de 2025, minutos antes de la Eucaristía por mi cumpleaños número 24, busque al párroco para solicitarle me permitiera comulgar en público. Me confrontó de forma violenta, me insultó, me retiró de los servicios y anunció mi despido del Instituto. Me dio una palmada en el hombro y me pidió que me fuera. Solo pude decirle que no era un buen pastor, pues juzgaba sin escuchar.
El director, incapaz de defenderse legalmente, había buscado destruirme desde mi propio hogar: la Iglesia.
Salí con los ojos llorosos. Más tarde, en la bendición por mi cumpleaños durante la misma misa, me dio palabras y un abrazo hipócrita. Al salir, mientras estabamos en la calle, me confirmó que no continuaría en el colegio. Solo le pedía me autorizara comulgar en público, con los demás. Su respuesta fue: Es cuestión de conciencia.
Salí con tristeza y rabia a una fiesta sorpresa organizada por mis seres queridos y amigos. Ellos me recordaron que nadie podía echarme de la Iglesia y que no lo hiciera.
Pasaron por mi mente todas mis vivencias: misiones, jóvenes, apostolados, adoraciones. Todo. Me sentí traicionado, como un mendigo al que se le cierran las puertas.
El mal no tiene voz ni manos, pero usa a quienes se lo permiten. Basta repetir lo que escuchamos, inventar lo que no oímos ni vimos para convertirnos en instrumentos del demonio.
No busco señalar ni juzgar. Busco contar mi historia, desahogarme y sanar.
Hoy mi hogar se siente roto. Ir a Misa ya no es lo mismo; cada vez cuesta más.
¿Cómo se repara un amor eclesial roto?
¿Cuándo se llega al punto de no retorno?
¿Cuándo rezar y visitar el Santísimo deja de sentirse igual?
No puedo evitar notar las miradas cuando entro al templo, los murmullos y la indiferencia de unos pocos. Todo por mentiras y engaños de "personas de Iglesia".
Para ellos todo sigue igual, conservaron sus trabajos mientras se jactan de haber hecho perder el mío. Gracias a Dios logré volver montar mi empresa de distribución logística de productos de consumo masivo y sigo trabajando con mis clientes de Acapella, un negocio creado para brindar servicios de social media marketing.
Según el director, soy un holgazán a quien su ex esposa mantiene. Da igual lo que piense y diga de mí. La verdad es esta, siendo el protagonista de mi propia historia.
Quizá me encuentro en la noche oscura de la que San Pablo de la Cruz tanto hablaba. Quizá sea mi nueva cruz, la que me enseñaron a cargar en mi comunidad neocatecumenal, o quizá sea el silencio que por años experimentó Santa Teresa de Calcuta. No lo sé, pero confío en que Dios tiene un plan, y ese plan me involucra para un bien mayor.
Me quedo con la verdadera historia, mi historia. Con mis noches oscuras y mis días de desierto y silencio. Con mis pocas compañías y con una experiencia donde sé que ya no seré el mismo, pero aún así la obra no se acaba.
Paz y bien.
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