Hace unos días, mientras volvía a casa luego del trabajo, me encontré con un pequeño colombiano de 5 añitos llamado Abel, migrante y muy consciente del deseo de una vida mejor. La simpática platica con Abel comenzó con una sonrisa, mientras lo miraba inmerso en sus pensamientos frente a un atardecer a través de la ventana. Compartimos miradas y sonrisas antes de pedirme un dólar, intenté aclararle que aquí en Honduras no hay dólares, sino, Lempiras. Pero de igual manera me pedía dinero, algo que no podía negarle por su situación.
Adentrándonos más en nuestra conversación, con gran inocencia me contaba sus hazañas a lo largo de su viaje.
Abel: ¿Tu también cruzaste las selva?
- No. Respondí compasivamente.
Abel: ¿A donde vas?
- A mi casa.
Abel: ¿Vas a dormir?
- Si. Conteste con deseo, por el cansancio de un largo día de trabajo.
Abel: Yo duermo en la calle.
- *Mi corazón procede a quebrantarse*
Al escuchar esto, se me quebró el alma. Pensando que había sido un día largo y que por fin iría a descansar, una tierna e inocente voz me relataba el tormento vivido por meses y sin un lugar donde descansar.
Es imposible no replantearse la vida después de un encuentro con Jesús de este tipo. Y justamente hoy, iniciando el tiempo de adviento y un nuevo año litúrgico, reflexiono “ Cuando esperamos la venida de El Salvador ACTIVAMENTE, nos damos cuenta de las necesidades de los que nos rodean.”
Oro para que Abel y toda su familia puedan cumplir el deseo de tener una vida mejor y que él, como Jesús, pueda crecer en gracia y sabiduría. Nos veremos pronto mi amiguito Abel.
Me despido del aire, bye.

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