En mi viaje por Centro America, animado y acompañado por dos de mis mejores amigos, llegué hasta Guatemala, a un pequeño pueblo recóndito llamado Panajachel, cerca del municipio de Sololá, en el famoso Lago de Atitlán.
Panajachel es un pueblo que vive meramente del turismo, sus habitantes, conocidos por el gentilicio de "Panajachelenses" hablan un dialecto derivado del Maya Original llamado Kaqchikel.
En lo personal me encanta la fotografía documentalista; pero en este viaje me limité a disfrutar, tomar fotografías de "lo necesario", conocer y experimentar. Deseaba algo nuevo, algo que me sorprendiera o al menos, que recompensara todo lo mal vivido en el pasado 2025, y si que lo encontré.
En nuestro Airbnb, convivimos con Pier y su esposa, una pareja de canadienses que habían vuelto después de 13 años de su primera visita al pueblo. A pesar de la barrera del idioma, Pier hablaba un perfecto español y yo podía defenderme con mi inglés poco masticado. No en una sola ocasión tuvimos que hacer fila para ir al baño, y me causaba mucha gracia que Pier salía de su habitación en ropa interior y descalzo a 11°c, y al hacerce larga la espera, solo frotaba sus pies el uno con el otro mientras susurraba "está helando". Su esposa, al no entender nada de español, se notaba muy preocupada cada vez que le dirigía la palabra. Tal cual fue en la ocasión donde le pedía que me prestara su llave del portón principal para poder salir, luego me explico que creyó que era alguna emergencia.
Por las mañanas nos despertaban unos pasitos cortos pero acelerados en el pasillo principal, era Doña María, una indígena de pura sangre, como decía llamarse. Doña María media al rededor de 1,30cm, una señora avanzada de edad pero con una energía que fácilmente nos contagiaba de alegría y acogida. Ella es originaria de Panajachel, con un acento poco entendible nos comentaba parte de su vida, como era su día a día mientras limpiaba y ordenaba dentro y fuera del Airbnb.
Doña María, siempre vestía con su vestimenta tradicional, una falda o vestido ancestral, siempre acompañada de su delantal o mandil, dispuesta a atendernos en lo que ocuparamos.
De Pier y Doña María pude aprender que las raices nunca se olvidan, ya puedes estar a cientos de kilómetros de casa o a pocas cuadras. Lo que alguna vez te enseñaron tus padres, tus abuelos a tus padres, tus bisabuelos a tus abuelos y así sucesivamente, creando una cadena ascendente donde la cultura y tradición no se pierde, se transmite. Esto puede llegar a impactar en la vida de los demás, creando un diversidad cultural bellísima y fructífera para beneficio de todos.
Me quedo con las risas, las miradas al no entendernos entre el inglés, el maya y el español. Me quedo con el recuerdo del aroma a café por las mañanas, el sonido de los pasitos de Doña María, las frías noches haciendo fila en ropa interior para ir al baño, me quedo con un hermoso recuerdo que Dios me ha permitido experimentar.
Pd: las historias de este viaje, recién comienzan.

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