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Seres Trinos y Conciencia Humana

Durante la Santa Eucaristía, mientras el párroco compartía su homilía, no dejé de pensar en una pequeña frase: “Imagen y semejanza de Dios”.

Este pasaje bíblico ha sido utilizado a lo largo de la historia para resaltar la dignidad humana. Vista la vida desde un enfoque divino, estas palabras se encarnan desde nuestra concepción; convivimos con ellas mientras experimentamos y afrontamos las diversas etapas de la vida, y se hacen vivas cuando volvemos al Padre.

La Santísima Trinidad, el dogma más importante del cristianismo y de nuestra Santa Iglesia Católica, nos presenta a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Pero surge una pregunta: ¿Cómo pueden existir tres personas en un mismo Dios?

Al conocer lo que yo llamo “las tres O”: Dios Omnipotente, Omnisciente y Omnipresente, comienzo a comprender un poco más este misterio.

Cuerpo, alma y espíritu. Al igual que Dios, somos trinos; hemos sido hechos a su imagen y semejanza.

Al morir, el cuerpo se descompone y el espíritu vuelve al Creador. Pero, ¿Qué sucede con el alma?

En el alma se almacena la conciencia, donde habitan nuestra moralidad y dignidad. Esta queda en búsqueda de su Creador.

¿Aquel que hace el mal carece de alma —y, por tanto, de conciencia— o simplemente ha sido perturbado por el mismo mal?

Visto desde la fe, somos creados a imagen y semejanza de Dios, lo que da aún más fuerza a lo antes mencionado.

Así como existe un Dios bondadoso y misericordioso, también existe un ser soberbio y maligno que ataca constantemente nuestra conciencia, dejando una pena moral que afecta nuestra espiritualidad: Satanás.

En esta reflexión me surge una pregunta: ¿Qué significa realmente ser imagen y semejanza de Dios?
Muchas veces pensamos que significa parecernos físicamente a Dios (Jesús, Dios hecho hombre), pero la Iglesia enseña que esa imagen se encuentra principalmente en nuestra capacidad de amar libremente, conocer y defender la verdad, crear y transformar el mundo o entrar en relación con otros. 
Y ahora, querido lector, si fuimos creados a imagen de Dios, ¿es nuestra capacidad de amar el reflejo más perfecto de esa imagen?

El alma como lugar de encuentro con Dios

Anteriormente he mencionado la estrecha relación entre el alma y la conciencia. Y si bien es cierto que ambas están profundamente unidas, considero que el alma es mucho más que el lugar donde reside nuestra conciencia: es el lugar donde escuchamos la voz de Dios.

Aquí entra en juego el concepto de conciencia moral. No se trata únicamente de distinguir entre el bien y el mal, sino de nuestra capacidad para reconocer la voluntad de Dios para nuestras vidas. Es en lo más profundo del alma donde se libra el discernimiento constante entre aquello que nos acerca al Señor y aquello que nos aleja de Él.

El libre albedrío

Si el alma es el lugar donde nos encontramos con Dios, también es el lugar donde enfrentamos la tentación. Esto me lleva a una nueva interrogante: ¿el mal es bueno o malo por sí mismo?

El mal es mal desde cualquier perspectiva en que se le observe. Sin embargo, Dios, en su infinita sabiduría, puede sacar bienes incluso de aquello que pretende alejarnos de Él. Las tentaciones y pruebas que logramos superar fortalecen nuestra alma, consolidan nuestra fe y nos acercan más a Cristo.

Nuestra Madre, la Iglesia, ha enseñado durante siglos que la lucha espiritual forma parte del camino de santificación. Pero quizá una de las enseñanzas más esperanzadoras es la certeza de que nadie pierde su alma por ser perturbado por el mal.

Más bien, el pecado oscurece nuestra alma, el egoísmo endurece nuestro corazón y el orgullo nos aleja de Dios. La presencia del mal no destruye aquello que Dios creó; únicamente intenta deformarlo y apartarlo de su propósito original.

La dignidad humana después del pecado

Cuando leemos en el Génesis que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, observamos que esto ocurre antes de la caída de Adán y Eva.

Luego aparece el pecado. La relación con Dios se ve herida, entran el sufrimiento, la muerte y la inclinación al mal. Sin embargo, la Escritura nunca afirma que el hombre dejó de ser imagen de Dios.

La imagen permanece; lo que cambia es su claridad.

Podríamos imaginar un espejo perfecto creado por Dios. El pecado no destruye el espejo; lo ensucia, lo agrieta y dificulta que refleje la luz. Pero incluso roto, sigue siendo un espejo. Así ocurre con el alma humana.

Bajo esta lógica, la sociedad suele medir el valor de una persona por sus acciones: si hace el bien, vale; si hace el mal, deja de valer. Pero Dios no actúa así.

La dignidad humana no proviene de nuestras obras, sino de nuestro origen. Valemos porque fuimos creados por Dios.

Por eso, incluso el preso, el adicto, el corrupto o el asesino conservan su dignidad humana. No porque sus acciones sean buenas o justificables, sino porque continúan siendo personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

Dios puede condenar el pecado sin dejar de amar al pecador. Y quizás ahí se encuentra una de las mayores manifestaciones de su misericordia: donde nosotros vemos una vida marcada por el error, Él sigue viendo a un hijo llamado a regresar a casa.



Escrito el 17 de marzo, 2024. Durante la Santa Eucaristía en la Catedral San Juan Bautista de la ciudad de Trujillo, Colón, Honduras.

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