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Forofos de Todos

    Todos hemos visto a esos jóvenes de camisa blanca, corbata y una placa que dice "Elder", caminando por alguna calle, incluso por las noches. Con su característica bolsa y sus sombreros o gorras. La mayoría de nosotros los hemos atendido, ofrecido un vaso con agua o escuchado lo que tanto desean anunciar. 

    Llegaron hace dos años a la puerta de un pequeño negocio que tuve en 2024, mi primer negocio físico. Eran las 10 de la noche y entraron con sus mochilas, uno de ellos parecía recién llegado a la ciudad porque aun cargaba sus maletas. Hicieron sus compras y se fueron. 
Empezó a ser rutina, todas las noches antes de irse a descansar pasaban por el local a comprar sus bebidas, snacks o cosas de uso personal. No decían nada; saludaban, compraban y se iban. Hasta que una noche inicie la conversación preguntándoles que de donde eran, ambos me respondieron que de El Salvador, sus nombres: Elder Siciliano y Elder Pérez.

    Desde ese día era costumbre vernos, platicar extensamente o compartir alguna comida, costumbre o jerga cultural, hasta que hablamos de religión. Era evidente que nuestra religión era distinta, ellos pertenecían a la Iglesia de los Santos de los Últimos días, mas conocida como Mormona y yo a la Iglesia Católica Romana. 
Las preguntas por ambas partes eran muchas, compartíamos de historia eclesial, testimonios, Teología, Cristología y hasta Mariología. 

    Uno de ellos, Pérez, venia de una ascendencia Católica pero sus padres tomaron la decisión de congregarse en la iglesia de los Santos de los Últimos Días, creciendo y sirviendo allí. Estudió en Instituciones Católicas y aun recordaba los rezos en latín y no dudamos en hacerlo juntos. Compartíamos música, imágenes, santos, libros de mormón, biblias, encíclicas y hasta rosarios. Sicilianos no se quedaba atrás, era mas callado y reservado pero no existía un "NO" al momento de compartir y quien nos recordaba con frecuencia que su tiempo de misión estaba por acabar. 

    Y así, durante casi dos años pasaron los días, su estadía por el pueblo rondaba entre los tres y seis meses de misión pero no perdíamos contacto a través de Facebook. De esta forma llegue a conocer hasta 15 misioneros, entre ellos y los que recuerdo con gran cariño: Pérez, Siciliano, Hiraldo, Johnson, Rojas, Escobar, Vásquez y Naitaly, este ultimo era de una pequeña isla al oeste de Australia.

    A inicios de este año, volví a encontrarme con Pérez quien con gran cariño me invitaba a salir, llegaba a mi casa, casa de mis amigos, incluso a la de mi mamá. Había vuelto al pueblo después de mas de un año e intentaba despedirse de aquellos que lo recibieron y lo acogieron en sus hogares. 

    En lo personal, muy internamente llevaba un conflicto con la Iglesia, y de alguna manera con Dios. Hacía algunos meses que había tenido una mala experiencia en mi parroquia con un sacerdote quien seducido por alguien que pretendía ser "de Iglesia" y que llevaba un cargo administrativo dentro de la misma. Me habían suspendido de mi servicio y despedido de mi empleo. 
Deseaba estar dentro, seguir sirviendo a Dios en el mismo lugar donde todo comenzó a los nueve años, en el mismo altar. Quizá ya no con un alba, pero si con una guitarra. 

    Cuando los misioneros volvieron a mi puerta empezaríamos el tiempo de cuaresma, hablamos mucho sobre lo que significaba para nosotros ese tiempo tan importante dentro de la Iglesia, sin importar la diferencia de religiones. Le comenté que iría a Misa, mas por tradición que por amor, en ese momento. Del otro lado del teléfono escuche un "Vamos", le pregunté si se sentiría cómodo y me dijo que si.  

    No había llegado solo, llegó acompañado de otro misionero, también salvadoreño, y allí lo sentí una vez mas, ese fueguito en el corazón, esa llama que llama y que debe ser correspondida. 
Con mucho entusiasmo llame a mi amiga, Darina, Le comente lo que estaba pasando y muy emocionada dijo que nos acompañaría. Al momento de entrar a la catedral, muy temerosos me preguntaron si debían quitarse su placa de misionero y mi respuesta fue contundente: "No, y si les dicen algo, me dicen a mi". ¿Por qué quitarse algo que los representa, para encajar? ¿Por qué quitarse algo que no solo representa su iglesia, sino a Dios con su testimonio?

    Al entrar, la Catedral estaba llena, no habían asientos y tuvimos que buscar sillas plásticas para poder ubicarnos. Las miradas y los murmullos eran muy notables y yo solo sonreía. A los minutos llegaron otros dos misioneros, de otra zona, también habían sido invitados. 

    La eucaristía comenzó, estuvieron muy atentos y respetuosos. Me era entretenido porque mientras la eucaristía avanzaba yo iba narrando lo que sucedía, como en una especie de catequesis o narración de un partido de futbol.
Al momento de la comunión les explicaba lo importante que era ese momento para nosotros y preguntaron si podían ir. Pérez se hizo notar al decirme que él si había hecho su sacramento de la Primera Comunión. ¡Me voló la cabeza! y me voló aun mas al ver a Naitaly rezar el Padre Nuestro en Fiyiano, su idioma natal. 

    Ellos mismos me pidieron los acercara al sacerdote para imponerse la ceniza, el sacerdote me vio a los ojos y se sonrió. La gente hablaba, para bien o para mal, no importaba. Son almas que al igual que nosotros necesitan a Dios y le sirven como nosotros lo hacemos.

    Fue un choque tremendo para mi y solo puede pensar en el amor inmenso de Dios para con nosotros, como trasciende El Señor a través del tiempo, la distancia, la cultura y los idiomas.

    Dí las gracias a Papá por ese momento, por haberme puesto en esa situación cómodamente incomoda y una vez más me recordó que la verdadera evangelización y misión nace de un testimonio que solo puede dar frutos en Él y para Él. 

    Quizá, al final, ninguno de nosotros cambió de religión. Ellos siguieron siendo misioneros de su Iglesia y yo seguí siendo católico. Y, sin embargo, algo en todos nosotros cambió. Porque aquella noche entendí que Dios no siempre se manifiesta de la manera en que esperamos. A veces llega vestido de camisa blanca y corbata, con una placa que dice “Elder”. A veces llega desde El Salvador, desde una pequeña isla al otro lado del mundo, o desde la casa de un amigo. A veces llega en una conversación inesperada, en un Padre Nuestro rezado en otro idioma, en una ceniza sobre la frente o en alguien que simplemente decide caminar contigo hasta una catedral.

    Aquella noche, al salir de la Catedral, comprendí que quizá el Señor nunca me había pedido que dejara de servirle. Quizá simplemente estaba enseñándome que en su Iglesia nadie es perfecto, que su amor y su misión son mucho más grandes de lo que yo alcanzaba a comprender.

Y entendí algo que hoy guardo con especial cariño:

Dios puede utilizar nuestras diferencias para acercarnos, nuestras heridas para transformarnos y nuestros encuentros para recordarnos que ninguno camina solo.






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